Veintitrés del mes de Neruda.
Querida Zelda:
Tras el paseo de ayer, vuelvo a tener motivos por los que escribirte y motivos por los que ansiar nuestro próximo encuentro. Y aunque me gusta la idea de concretar un paseo a la semana como en un primer momento propuse, creo que tal vez, sería mejor dejar que los encuentros vayan surgiendo, ya sean pactados o encuentros fortuitos. Aún así, espero que pronto recobres fuerzas, y al ritmo que vas, no creo que se demores mucho, y entonces seas capaz de salir tú sola y podamos encontrarnos fortuitamente en el mercado, en la plaza o en tu banco favorito del parque.
Las horas del paseo fueron fugaces, al igual que ocurrió en el anterior, aún más si tengo en cuenta esta nueva e interesante conversación que tuvimos, es curioso, pero hablar de las cosas más simples del mundo, se vuelve interesante si las palabras salen de tu boca. Yo por mi parte, espero que no te resultase demasiado aburrido el tiempo que estuve narrando la historia de la princesa Zelda y el ladrón de sueños, es una de las primeras que recuerdo y la tengo un cariño especial, recuerdo que mi padre me la contaba cuando no podía dormir. No sé porqué, desde joven tengo un afecto especial a los personajes de esta historia, a Zelda, como siempre y como a ti, al gato de la princesa, que bosteza y bosteza, a la pobre cuidadora que siempre ha de hacer la vista gorda… cada uno a su modo tiene algo especial, incluso el chico moreno, que pese a sus malos actos, al final resulta que todo lo hacía con buena intención…
Del último paseo, ha quedado en mi marcado a fuego un recuerdo, un momento, una sensación que hacía tiempo que no tenía, si es que en algún instante la tuve… cuando comenzó la fiesta del poniente en los cerros lejanos( y lo llamo así, porque que llamarlo atardecer a tu lado sería vulgar), estábamos caminando hacia el mar en la pradera, viendo que todos los brotes habían nacido ya, y sentir como la hierba se vuelve más verde y más hierba cuando voy de tu mano, tus blancas manos, suaves como las uvas. Aunque ya han pasado muchas horas de eso, debo admitir que el simple contacto con tu piel me otorga un punto de vista diferente, como si el peso del mundo fuese menor.
Sin más demora procedo a despedirme ya que pronto amanecerá y hoy me espera una lista larga de encargos pendientes, no sabes cuánto desearía que la gente fuese más cuidadosa y no tuviese yo que andar remendando sus destrozos… aunque claro por otro lado, no me gustaría verme desempleado.
Mis más sinceros besos.
PD: he decidido de prescindir del muchacho del mercado, que debe estar ya harto de nosotros, esta carta, te la entregaré yo mismo.