miércoles, 4 de diciembre de 2013

Carta vigésima

Dos del mes de Despedidas.
Querido y siempre dulce Otelo:

No hay nada en este mundo que me gustase más que caminar sobre mis pasos y llegar al punto antes de escribir esa carta y que lo único que hubiese anotado en ese papel fuese una hora y un día, para volver a encontrarnos. Sin embargo llegaste tarde. Es decir, ESTO llegó tarde. Las cartas, los paseos... Mi vida estaba repleta de fantasmas y uno de ellos volvió y me devoró de nuevo. Ojalá pudiese marchar tiempo atrás y simplemente correr, hacia ti, hacia tus letras, hacia tus manos. Tan sólo fue una cuestión de tiempo, y tu llegaste a mi vida cuando la decisión estaba ya tomada. Nunca esperé que fuesemos a fundar algo más que una extraña amistad. Pero lo hicimos. Construiste en mi con tu voz, y yo lo hice en ti con mi sombra. Pero cuando comienzas a hacer camino, siempre llegas a un punto de no retorno, y este acabó encontrándome a mi. Ya no tenía a dónde correr... Espero que algún día puedas comprenderlo.
Siento todo el dolor que te causé, que nos causamos...
Quizás algún día podamos retomar las cartas y quizás también los paseos. Pero hoy yo tengo que seguir andando un camino que nunca hubiera decidido si te hubiese encontrado antes.

Siempre tuya,
Zelda.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Carta decimonovena

Dieciocho del mes de Ismael Serrano
Querida Zelda:

Siento haber tardado tanto en escribir esta carta, pero he necesitado tiempo para recomponerme del golpe y hacerme a la idea de cómo será el mundo después de… después de tus noticias. En un primer momento, de la ira y el dolor que sentí, quemé vuestra carta porque temí sufrir de locura si volvía a leerla, quizás fuera que se me nubló el juicio, pero no entendí, y aún no entiendo la decisión que te aleja de mí de este modo, que te aleja de los paseos, que me aleja de tus pasos… Desde aquello, ando loco, buscando la melodía que te congele en mi abrazo, que te retenga a mi lado, busco una excusa para que no te vayas, o para irme a tu lado… pero sé que es imposible, que no hay forma humana de que no se separen nuestros caminos, ojala el mundo nos reencontrase de otra forma, ojala en otro momento. Es tan duro imaginar que no habrá más paseos a tu lado, que no existirá un atardecer en el que se enlacen nuestras manos, nuestros cuerpos, nuestras almas. Es duro, ahora que te he tenido cerca, pensar cómo será sin ti mi vida. Espero al menos, que mantengamos el contacto, al menos la magia de las cartas, cuando de tu vida saques tiempo y cuando de la mía yo lo saque, que recibamos noticias el uno del otro, y viceversa. Ojala  girase el mundo de otra forma, ojala pudiese desanclar de su eje la tierra y por ti dar la vuelta al globo, pero no es más que palabrería, ya ves, a veces me canso de mí y de no tener valor para buscarte y cometer todo delito que este amor exija…”quieta ahí, tus labios o la vida”. Pero soy cobarde y mi mundo es muy grande, aunque seguramente nunca lleguemos a consumar lo que se intuía por las palabras he de deciros que habéis dejado en mí una huella, una huella que me acompañará por siempre, una cicatriz en el alma que me hará tenerte siempre presente, aunque no te lo haga saber ni te lo diga con frecuencia.
Por último deseo pedirte que entre los dos brindemos, brindemos por el amor y sus fracasos, quizás podamos escoger nuestra derrota.
Con gran dolor pero buenos recuerdos os mando mi más sincero abrazo.
Otelo

Posdata: siento dirigirme a ti de esta forma, pero no hubiese encontrado si no las palabras para desearos lo mejor en vuestra nueva vida. Espero y no, volver a saber de tu vida

martes, 9 de julio de 2013

Carta decimoséptima

Veintitrés del mes de Neruda.

Querida Zelda:

Tras el paseo de ayer, vuelvo a tener motivos por los que escribirte y motivos por los que ansiar nuestro próximo encuentro. Y aunque me gusta la idea de concretar un paseo a la semana como en un primer momento propuse, creo que tal vez, sería mejor dejar que los encuentros vayan surgiendo, ya sean pactados o encuentros fortuitos. Aún así, espero que pronto recobres fuerzas, y al ritmo que vas, no creo que se demores mucho, y entonces seas capaz de salir tú sola y podamos encontrarnos fortuitamente en el mercado, en la plaza o en tu banco favorito del parque.
Las horas del paseo fueron fugaces, al igual que ocurrió en el anterior, aún más si tengo en cuenta esta nueva e interesante conversación que tuvimos, es curioso, pero hablar de las cosas más simples del mundo, se vuelve interesante si las palabras salen de tu boca. Yo por mi parte, espero que no te resultase demasiado aburrido el tiempo que estuve narrando la historia de la princesa Zelda y el ladrón de sueños, es una de las primeras que recuerdo y la tengo un cariño especial, recuerdo que mi padre me la contaba cuando no podía dormir. No sé porqué,  desde joven tengo un afecto especial a los personajes de esta historia, a Zelda, como siempre y como a ti, al gato de la princesa, que bosteza y bosteza, a la pobre cuidadora que siempre ha de hacer la vista gorda… cada uno a su modo tiene algo especial, incluso el chico moreno, que pese a sus malos actos, al final resulta que todo lo hacía con buena intención…
Del último paseo, ha quedado en mi marcado a fuego un recuerdo, un momento, una sensación que hacía tiempo que no tenía, si es que en algún instante la tuve… cuando comenzó la fiesta del poniente en los cerros lejanos( y lo llamo así, porque que llamarlo atardecer a tu lado sería vulgar), estábamos caminando hacia el mar en la pradera, viendo que todos los brotes habían nacido ya, y sentir como la hierba se vuelve más verde y más hierba cuando voy de tu mano, tus blancas manos, suaves como las uvas. Aunque ya han pasado muchas horas de eso, debo admitir que el simple contacto con tu piel me otorga un punto de vista diferente, como si el peso del mundo fuese menor.
Sin más demora procedo a despedirme ya que pronto amanecerá y hoy me espera una lista larga de encargos pendientes, no sabes cuánto desearía que la gente fuese más cuidadosa y no tuviese yo que andar remendando sus destrozos… aunque claro por otro lado, no me gustaría verme desempleado.
Mis más sinceros besos.


PD: he decidido de prescindir del muchacho del mercado, que debe estar ya harto de nosotros, esta carta, te la entregaré yo mismo.

Carta decimosexta

Veintiuno del mes de Neruda
Querida Zelda:

Escribo solo para deciros que accedo a la cita de mañana. Donde la última vez, y a la misma hora.

Con enormes ganas de nuestro reencuentro.

lunes, 24 de junio de 2013

Carta decimoquinta

Diecinueve del mes de Neruda.
Querido y anhelado Otelo:
     Ciertamente maravilloso y único son palabras que definen a la perfección nuestro pasado encuentro. Me gustaría, antes que nada, fijar una fecha para nuestro próximo paseo. ¿Qué os parecería encontrarnos en el mismo lugar dentro de un par de días. ¿El veintidós del mes? Serán tres días de eterna espera por las historias de Zelda y por vos.
     Pero antes de ello quiero contaros unas pequeñas gotas a cerca de mi pasado, no sé si una vez que nos veamos sea capaz de contároslas porque me apetecerá escucharos a vos y por que querré disfrutar de la felicidad que me transporta cuando nos vemos y no empañarla con tristes y oscuros recuerdos. el caso es que, en resumidas cuentas, mi padre murió hace ya cinco años, como os comenté en una de nuestras primeras cartas. Pero pese a ser un golpe muy duro tanto para mi madre como para mi, lo peor vino después. Tiempo después mi madre se volvió a casar, fue un asunto no de amor, si no que fue una consecuencia de la soledad. Hay veces que los seres humanos hacemos esas cosas, todos odiamos estar a solas a ratos y esos ratos son los que nos llevan a cometer estupideces. El caso fue que ese hombre provocó en mi familia el mayor caos que un hombre puede provocar. 
     No era un buen hombre, ni siquiera tenía unas manos bonitas, ni una sonrisa bonita. Tenía unos ojos de demonio, pero mi madre se sentía demasiado sola como para que le importase, se sentía demasiado sola como para rechazarle. Y no la culpo por ello.
     Ese hombre provocó en mi familia uno de esos escándalos que quedan sólo de puertas a dentro, uno de esos en los que el hombre deja embarazada a la mujer equivocada y de los que nada puede saberse al otro lado de las cortinas. Como dije, él era un hombre malo que creó un bebé que no nacería del amor, precisamente.
     El caso es que rompió algo dentro de mi familia y mi madre no pudo soportarlo de manera que este hombre desapareció de nuestras vidas para no volver y ella tuvo que aceptar de nuevo la soledad como su mejor compañera.
     Os cuento esto porque quiero alzarme en las últimas cadenas que me aten, quiero dejar de guardar silencio, quiero dejar de callar con vos. Y quiero que conozcas que lo que encierran las cortinas de mi casa no es sólo tristeza, si no el nacimiento de un odio inmenso. 
     Todo lo que este hombre provocó no te lo voy a contar aquí, no ahora, pero esa visita de hace un par de semanas está relacionada con ello. Esa visita que nunca debió de ser una mala visita puesto que él fue el hombre más cobarde del mundo, pero al que más he amado en toda mi eterna existencia.

    No estoy del todo segura de haber hecho bien con estas confesiones, pero sentía que debía de contártelas, cada cosa que me guardo, cada historia que no te dejo conocer pesa sobre mi como una terrible mentira.
     Espero que, aunque no me veáis del mismo modo, sigáis queriendo verme.
Con el mismo creciente amor que siempre.
Zelda.

jueves, 30 de mayo de 2013

Carta decimocuarta

Catorce del mes de Neruda.

Mi querida e increíble Zelda:

   Fue tan maravilloso el paseo, fue todo tan único… y recibir ahora esta carta, con estas palabras de vos aviva en mi el deseo de veros de nuevo. He de pediros perdón por la forma en que os conté lo de mi hijo, pero necesitaba que lo supieseis, para que esto, sea lo que sea que estamos creando, tenga una base sólida sin fugas ni esclusas, sin excusas.
   He de reconocer, que sentí lo mismo al veros, si bien apenas tenía dudas, en décimas de segundos todas las pequeñas sombras se disiparon, no hubo oscuridad ni noche, y fuiste toda de luz, fuiste para mí una mariposa morena, dulce y definitiva, como el trigal y el sol, la amapola y el agua. Y a raíz de esto, debo reprimiros por vuestra propia descripción, ya que fuisteis demasiado injusta con vuestro propio reflejo; Frente a frente y sin cortinas, eres aún más bella de lo que pude imaginar.
   Ansió cada día saber más de vos, conoceros, saberos bien por dentro, pues he de confesar que desde que desvelasteis algunos de vuestros misterios no ha surgido otra sensación en mi que la de conoceros aún más y me golpean millones de incógnitas, pero, a sabiendas del regalo que supone que me desveléis vuestro pasado y vuestras emociones esperaré a que por vuestra propia voluntad vayáis añadiendo piezas a este puzle. Solo vos podéis hacer que los rompecabezas cobren sentido, tanto los suyos como los míos.
   Es cierto, viví dos terribles amores, magníficos a su modo, uno de ellos ya lo conocéis, del otro… del otro aún no puedo hablaros, no es por vos, es por la tristeza que tienen mis palabras cuando vuelven a mi memoria sus recuerdos, aunque es cierto que día a día se van tiñendo con tu amor mis palabras, y que algún día el recuerdo de las voces no será más que un eco lejano que alguna vez creí escuchar.
   No os disculpéis por la brevedad del paseo, porque aunque breve, fue intenso, y tampoco pidáis perdón por todo lo que aún no sé de vos, pues siempre creí que es mejor dejar que las historias se vayan desenterrando poco a poco… cuando sintáis la libertad y el deseo de narrarme vuestras historias aquí estaré para escucharlas. Yo por mi parte, prometo en el siguiente paseo narraros una historia de la princesa Zelda, una que habla de las calumnias de una bruja para destruir a una princesita, que nunca necesito un príncipe, y nunca me necesito a mí.
   Sin más dilación me despido, con esta historia como cebo, para que propongáis día y hora para el siguiente encuentro.


Mis más sinceros besos con el corazón latiente.

martes, 21 de mayo de 2013

Carta decimotercera


Nueve del mes de Neruda

Mi querido y dulce Otelo

He de confesaros que la noticia de vuestro hijo me descolocó en sobre manera y estuve a nada de no acudir al encuentro. No es fácil decir estas palabras en persona y me alegro de no haber renunciado a conoceros.

La tarde del sábado fue la más maravillosa en meses, diría que en años.... Sus manos son tal y como las imaginaba, firmes y delicadas, dulces y fuertes al mismo tiempo, igual que su voz. Pero no esperaba así sus ojos. Comprendo ahora muchos de sus misterios Otelo, después de perderme en su mirada siento que lo entiendo todo. Creo que mi enfado se evaporó al instante cuando estas realidades me golpearon en el pecho. Y siento, como os dije ayer, que estoy cayendo en la más maravillosa locura.

Siento que todo esto, todas estas palabras se me escurren entre los dedos queriendo salir y no, escapándose de mi. Palabras que antes que tú poblaron la soledad que ocupas, palabras que están acostumbradas más que tú a mi tristeza. Lamento todos mis silencios de ayer, la verdad es que por aquí me resulta mucho más fácil hablar de mi, de nosotros. Pero debes de saber que el hecho de que te hablase de mi pasado es la mayor prueba que puedo daros de mi afecto. Desenterrar las historias que os conté no fue nada fácil y, sin embargo, lo hice por vos, por que no quiero que termine esta correspondencia.

No me atreví a preguntaros cuando fue ese cruel rechazo, si antes o después de que tuvieseis a vuestro hijo. No me hablasteis de vuestros amores, pero puedo deducir que habéis vivido dos, dos intensos amores que terminaron en diferentes tragedias. Yo, como os confesé, tan sólo puedo adjudicarme uno y me gustaría poder comenzar a contar en plural, Otelo.

Quiero pediros disculpas por la brevedad del paseo, pese a que mi salud mejora con cada carta, siempre existen recaídas y el sábado, como os dije, me costó asistir.

Quisiera también confesaros una cosa, pero temo que aún no sea el tiempo y que esta confesión os arrancase tinta y papel de vuestras manos para jamás volver a saber de vos. Sé que debo confesaros el origen de mi tristeza, de mi debilidad, pero antes quiero estar segura de vos, segura de que sus cartas nunca cesarán, segura de que mis miedos no se repetirán jamás.

También te debo la historia final de mi familia y de la soledad de mi hogar, del por qué de la ausencia de una figura masculina en él. Pero aún no es el tiempo y sólo llegará después de que me contéis las historias de Zelda. Me debéis demasiadas historias como para que yo comience a contaros las mías.

Así que os regalo toda esta incertidumbre con la promesa de que quizás en nuestro próximo encuentro os lo desvele.

Con más que creciente amor.

Zelda.

domingo, 12 de mayo de 2013

Carta duodécima


Treinta del mes de Benedetti.
Estimada Zelda:
                 
Me alegra que os sinceréis conmigo de esta forma, y me gustaría saber más sobre el pasado del que me habláis y he de decir que humanamente entiendo que sintierais miedo, lo que no entiendo es que no me avisaseis o me pidieseis más tiempo para que se produjese nuestro encuentro.
Lamento comunicaros que me resultará imposible acudir a la cita este sábado, ya que tendré que salir de la ciudad desde mañana mismo hasta el martes cuatro, el de la semana que viene; Para que entendáis mi ausencia, debo explicaros algo, más bien, debo confesaros algo… tengo un hijo de seis años.
La historia se remonta a hace ya casi ocho años… conocí a una joven en un pueblecito de las afueras de la ciudad y tras varios meses de romance nos casamos. Un año después nació nuestro pequeño retoño; Y confieso que estos fueron los tiempos más felices de mi vida. Pero por desgracia, la felicidad no duro mucho tiempo, pues mi mujer enfermó gravemente por causas que los médicos no pudieron determinar y murió a las pocas semanas. En su última voluntad me pidió que nuestro pequeño hijo se criase en la granja donde ella había crecido, en la que residían y aún residen sus padres. Para mi resultaba muy duro vivir allí, ya que todo me recordaba a ella, así que decidí huir del lugar pero por el respeto que la profesaba no pude traer conmigo a mi hijo, y lo deje al cuidado de sus abuelos. Intento ir a menudo a visitarle, y esta vez lo hago porque mis suegros se van de vacaciones y debo encargarme del niño y asegurarme que vaya al colegio.
Así pues, lamento no poder asistir a nuestra cita el próximo sábado, pero tengo compromisos ineludibles como podéis observar, os propongo entonces, quedar el próximo sábado ocho bajo las mismas condiciones sobre el lugar y la hora. Esperaré impaciente a mi regreso encontrar una carta en la que confirméis vuestra asistencia para dicho día.
Con gran cariño y deseo de veros.

jueves, 2 de mayo de 2013

Carta undécima




Veintisiete del mes de Benedetti.
Querido Otelo:

Lamento enormemente no haber acudido a la cita del sábado pasado y siento mucho no tener excusa para ello. Fue más fuerte en mi el miedo ante esta “sinrazón” que las ansias de verte y de verdad que no son pocas las ganas que tengo por saber quién se esconde detrás de esas letras.
Esta semana de atrás recibí una visita del pasado, una visita que desordenó completamente mi mundo y hoy a penas estoy recomponiéndome. Se trata de alguien que creí haber desterrado de mi presente, aunque parece que no lo despedí como debiera. Pero puedes estar tranquilo Otelo porque esta vez estoy clara en que voy a despedirle, no sé por qué no lo hice antes y esta vez quedará desterrado no sólo de mi presente y de mi futuro, si no también de mi pasado. ¿No te ha ocurrido nunca que te descubres un día desnudo ante tu propio vacío y piensas que sólo aquellos fantasmas, por aterradores que hayan sido, pueden sacarte adelante? Era en eso en lo que andaba mi cerebro, debatiéndose a puñetazo limpio con mi corazón entre acudir y no a tu cita, entre dar un paso hacia delante o hundirme aún más hondo en el pozo sin fondo que era aquel vacío, aquel recuerdo.
Pero, finalmente, decidí seguir, te decidí a ti, a nuestros futuros paseos, decidí nunca más mirar hacia atrás salvo que seas tu quien me pregunte. Porque para ti no quiero secretos, ni mentiras, ni más miedos. Contigo quiero más bien fundar un sueño. Aunque primeramente quiero que aceptes mis disculpas.
Si aún anhelas verme, quedemos en el mismo sitio, a la misma hora y el mismo día de la semana, aunque sea algo tarde tarde. Aún nos queda nuestro segundo intento. Y espero que en el puedas por fin contarme todas las historias que me debes, mi dulce y siempre fiel Otelo.

Con arrepentido sentimiento.
Zelda.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Carta décima



Veintitrés del mes de Benedetti


Buenas tardes Zelda:

                El pasado sábado  no acudiste a la cita y no he podido pensar en otra cosa desde entonces. Si en algún momento mis palabras os ofendieron lo siento y deseo disculparme.

Espero vuestra contestación.

Un cordial saludo.

jueves, 25 de abril de 2013

Carta novena



Diecisiete del mes de Benedetti

Buenas tardes anhelada Zelda:
   
Me agrada y me conmueve la idea de mantener Zelda y Otelo como nuestros nobres, además me llega al corazón que estas cartas os hayan llegado tan hondo que deseéis que queden siempre enlazadas y como nuestros nuevos nombres, que nadie las corrompa.
Poco entiendo de sueños o de su interpretación así que su significado es un enigma que por ahora no puedo resolver; os debéis conformar por el momento con que os confiese que una vez fui rechazado cruelmente por una mujer, pero no le había pedido matrimonio. El miedo de morir ahogado, supongo, que es el mismo que tengo a morir de cualquier otra forma, así que no creo que sea eso lo que atormenta mi subconsciente.

Me entristece saber que tienes problemas para conciliar el sueño, supongo que tu almohada tiene un pozo donde ajustas la nunca y en las noches amargas hundes ojos y lágrimas, lo único que puedo hacer, es desearos que tengáis una buena noche y que sintáis con esta carta mi presencia, para afrontar el insomnio y las pesadillas.

Llevo cierto tiempo pensando, desde que vos sabéis, gracias a mis velas, donde vivo, y yo sé donde vivís y quien sois, o al menos quien creo que sois, que es absurda la espera para conocernos en persona pues, antes o después, vuestros ojos, que se esconden tras los cristales y las cortinas, acabarán por toparse con los míos; así que no puedo hacer otra cosa que citaros este mismo sábado en la fuente de la plaza Zelmar. Allí os esperaré desde el momento en que suenen las campanas, y así podremos descubrir qué clase de personajes somos, si el terror y el embriago que sentís tienen razón de ser. 

Con nerviosismo y con ganas de conoceros.

jueves, 11 de abril de 2013

Carta octava


Catorce del mes de Benedetti
Buenas tardes mi dulce Otelo.
A mi me ocurre algo similar con estas cartas. El momento del día en el que las recibo es, con diferencia, el mejor. Y más cuando leo en ellas que las anhelas tanto como yo.
No puedo por menos que reprenderos, Otelo, siempre me acabaís debiendo historias, y me las tendréis que pagar todas. Esperaré esos cuentos a cerca de Zelda. A veces pienso en que sería bonito que nuestros nombres fuesen siempre estos, Zelda y Otelo, nuestra historia única, lejos de todo lo que pudiera llegar a corromperla, a deshacerla.
Aquello de la soledad es una gran dolencia, dolencia que ambos padecemos y creo que podríamos compartir nuestras historias, quizás no por aquí, quizás no ahora, pero en algún momento quisiera que me relatases el duelo que te callas. Después de todo tu estás solo y yo estoy sola, y a veces puede la soledad ser una llama.
No conozco nada a cerca del significado de los sueños, pero los cuervos no presagian nada bueno, jamás un cuervo fue portador de buenas noticias. Me llama la atención en tu sueño el anillo do mujer rodando por el suelo... ¿Acaso alguna mujer rechazó su proposición de matrimonio? ¿Tenéis miedo del agua o de la posibilidad de morir ahogado? Son muchos los interrogantes que me plantea este sueño y espero que podáis respondermelas todas, no me gusta tanta incertidumbre y me debéis ya demasiadas respuestas.
Conseguí dormir sí, pero a ratos tan sólo, sin sueños ni pesadillas, sólo el silencio de esta oscura habitación. Ojalá hubiese sentido el calor de las velas que enciendes, aquí, en mi propia habitación, un calor que pasaría a ser mío y ya nunca más sería únicamente tuyo, si no nuestro.
Tengo ganas de conoceros Otelo, pero no sé si únicamente somos dos personajes perdidos de un cuento que buscan encontrar su semejante, dos personajes con demasiada vida sobre sus hombros como para conformarse con la cordura. Cada carta que recibo me aterra y embriaga al mismo tiempo.
Hoy pensaré en ti antes de irme a dormir, en tí Otelo, en tí al que siento tan cerca y casi a un océano de distancia al mismo tiempo. Y cruzaré los dedos porque esta noche no sea mi almohada la que elija mis sueños.
Con toda la ternura que hoy día puedo dedicaros.

domingo, 7 de abril de 2013

Carta séptima


Diez del mes de Benedetti.
Buenas tardes estimada Zelda:
                Ante todo, deseo pediros perdón por mi retraso en la anterior carta, pero tuve ciertas complicaciones que me impidieron contestar antes, aunque la verdad es, que preferiría no hablar sobre el tema; Pero os ruego que jamás volváis a pensar que me he cansado de escribiros, porque ahora, todo lo que anhelo, todo lo que ansío, es escribiros; aprender como sos, quererte como sos;  Ante todos mis sueños deseo saber  quién eres tú detrás de esa cortina,  os repito, jamás penséis que me he cansado de vos.
                Por motivos delicados no dispongo de tiempo para detenerme a narrar las historias de la princesa Zelda, pero algún día lo haré, y os aseguro que quedaréis ensimismada de sus proezas y de su belleza. Por el momento espero que con cada carta améis más y más dicho nombre, aunque no sé si luego seré capaz de llamaros por vuestro nombre real, si es que alguna vez lo conozco.
                He de reconocer, que a veces, el camino más rápido e indoloro para alejarse de la pena es separarse de las personas que nos dañan, las personas a las que dañamos; Os aseguro que cierto es cuando dicen que solo quien bien te quiere podrá dañarte, pues a mí, a lo largo de mis años, solo pudo dañarme a quien bien quise y quien bien me quiso… Recuerdo, en mis momentos de flaqueza, a un viejo amigo que siempre decía ya sos mayor de edad y tengo que despedirte pesimismo, y me obligaba a regalarle una sonrisa; Os ruego intentéis hacer lo mismo por mí, hacerlo por vos, por vuestra madre.
                Desearía, respondiendo a vuestra petición, narraros una de mis últimas pesadillas, que lleva repitiéndose durante semanas… Despierto, sólo, en un lugar que me recuerda a la plaza del ayuntamiento, pero con los edificios mucho más elevados, tanto que parecen desafiar al cielo y a los dioses. Está todo desierto y grito en busca de alguien, no hay respuesta, no hay voz que responda a la mía salvo mis propios ecos, que se van entremezclando hasta convertirse en  una especie de carcajada sardónica; En ese momento un par de cuervos empiezan a revolotear por el cielo y con su horrible graznido parecen canturrear mi nombre. A mi cabeza viene el recuerdo de que los cuervos no beben en agosto. Estoy ahora sediento y corro en busca de agua, tras lo que parecen horas corriendo, encuentro una pequeña fuente en un callejón de suelo arenoso. Cada vez que me acerco a beber oigo el correr de una cortina pero al mirar en su dirección no veo más que la suave ondulación de una tras una ventana amarilla, al alejarme de la fuente, la cortina vuelve a abrirse pero no encuentro a nadie a través del cristal. Vuelvo a beber y se cierra, me alejo y se abre, pero no encuentro a nadie. De repente, la fuente se convierte en una horca cuya cuerda parece buscar mi cuello, cuando me tiene, me agarra con fuerza y me eleva por los aires, entonces, con los pies sin llegar a rozar el suelo, la cortina vuelve a abrirse, y sin una mano ejecutora, la ventana se abre de par en par y de la estancia sale de nuevo el sonido de la risa sardónica de mis ecos y el graznar de los cuervos. A mis pies veo un anillo de mujer rodando, justo en este momento despierto.
                Esta pesadilla me atormenta y me roba el sueño de un tiempo a esta parte… ójala pudiese tomar clases de amnesia como si las pesadillas nunca hubieran existido… Me pregunto ahora si vos conseguisteis conciliar el sueño, y si lo hicisteis pensando en mí. Las últimas noches han sido para mí una liberación, no dormí, pero después veros  peinándoos tuve algo agradable en lo que pensar, aunque el sueño no acudiese a mi cuerpo.
Me despido, con una alegría inmensa al pensaros y con impaciencia por saber de vos, como las últimas noches, encenderé las velas, en espera de veros de nuevo.

Con amor y deseo de veros.

viernes, 29 de marzo de 2013

Carta sexta

Siete del mes de Benedetti.
Buenas tardes mí estimado Otelo:
Hace unos días comencé a impacientarme al no recibir vuestra carta y temí que os hubiera pasado algo o incluso, que os hubierais cansado de escribirme. Me alegra saber que estaba equivocada en ambas, pero quisiera conocer el motivo que os ha llevado a retrasaros en contestarme.
El nombre de Zelda no me disgusta, pues jamás escuché ninguna de sus historias, así que tenéis el deber de relatarme al menos una de ellas en vuestra próxima carta y así conocer algo de aquella princesa con la que me asociáis. Aprenderé a querer este nuevo nombre por el simple hecho de que parte de aquí.
Si, ciertamente me resulta muy duro verla en ese estado, del que parece que voy bebiendo día a día. Después de todo lo que ella fue, después de la fuerza con la que se encaraba al mundo, ver su rabia tan sumisa, tan débil, tan humilde, me rompe por dentro y a ella también. Hay veces que siento como nos consumimos la una a la otra y siento que no deberíamos de estar juntas nunca más, si queremos sobrevivir.
No sabéis lo que decís Otelo, jamás habéis visto mi risa y mucho menos la habéis escuchado. ¿Quién os dice que mis dientes no se han oscurecido con los años, o peor aún, quien os asegura que no se me han caído? Aún no conocéis mi edad y puede que mi voz se haya truncado y mi risa, lejos de ser una nota cantarina sea como los chirridos de las ruedas de una locomotora. Supongo que para desvelar ese misterio tan sólo puedes esperar a que nos veamos, cuando sea el tiempo para ello.
Encantada, de vuestro brazo, pasearía por el jardín botánico con vos, porque, aunque quizás esté sólo delirando, siento que en la calle, codo a codo somos mucho más que dos. Y desearía pasear juntos mañana mismo pero siento que aún no tengo las fuerzas suficientes para ello. Sé que aún son muchos los misterios que encerráis mi dulce Otelo y sé cuáles son los que encierra mi alma. Por ello, si queréis hablarme, escucharme, tendréis que hablarme de vos, de su pasado, su pasado me interesa casi tanto como su presente.
Oh, mi dulce y complaciente Otelo, cinco y diez segundos dedicaré a mi cabello si así puedo comprobar que sois parte de la realidad que conforma este mundo.
Habladme de vuestras pesadillas en su próxima carta, yo duermo poco, es esta apatía que me consume la que no me deja conciliar el sueño. Noche tras noche mato horas enteras en la cama, asumiendo mis pensamientos. Mis sueños dejaron de poder llamarse así hace años ya; hoy tan solo pesadillas es lo que me espera cuando cierro los ojos. Trataré de imaginaros esta noche y. quizás, quien sabe, pueda lograr soñar, como vos, con nuestras cartas.
Quedáis perdonado por vuestra tardanza en encender las velas, esta noche trataré de esperaros, pero ruego que no os volváis a demorar tanto en contestarme.
Con un cariño que comienza a latir.

sábado, 16 de marzo de 2013

Carta quinta


Dos del mes de Benedetti.
Buenas tardes Zelda:

   Os llamo Zelda porque cuando era pequeño mi padre solía narrarme historias sobre una princesa llamada así, además, no me parecería correcto llamaros Lena si con anterioridad os llamaron así, ya que no me gustaría ocupar en vuestra memoria el recuerdo de un antiguo amor o una antigua amistad, pero si no os gusta el nombre que elegí, puedo buscar otro con el que llamaros. Os diré que cada día me agrada más el nombre de Otelo, cada una de sus letras me recuerda estas cartas.
   Lamento mucho lo de vuestra madre, sé lo arduo que puede llegar a ser ver a un ser querido henchido de dolor y pena y no poder hacer nada para solucionarlo, espero que algún día vuestra madre encuentre las fuerzas para continuar.
   Debo deciros que jamás estuve de acuerdo con los cánones sociales de belleza, no me fije nunca en las mujeres por su belleza, si no por su magia, sus pequeños gestos, sus sonrisas que hacen que se conviertan en arcoíris, y usted, podría ser todos los colores del mundo; Y me atrevo a reafirmarme en esto a pesar de conocer sólo vuestra descripción y la sombra que se peina cada noche; esa sombra, a la que miro y muero, y peor que muero, si no te miro amor, si no te miro
   Sé de esa enfermedad de la que habláis, más de lo que me gustaría tal vez, y no puedo aconsejaros otra cosa que luchar contra ella. Si dejáis constantemente que la soledad y la tristeza os atrapen con su fría garra, desolarán vuestro corazón y vuestra alma, debéis anteponeros y seguir caminando; Si algún día la pena sale de vuestro cuerpo, desearía que paseaseis junto a mí por  el jardín botánico, si lo hacéis prometo enseñaros mi rincón favorito, justo  a la izquierda del roble. Aunque respeto vuestra decisión de esperar más tiempo, sé que por mis palabras puedo no parecer de fiar y deseo que el día que me deis vuestra mano para pasear estéis completamente convencida de ello.
  Por último deciros que seguramente el sueño os atrapó antes de que yo fuese capaz de encender las velas, tuve un compromiso que no pude eludir de ningún modo y me demoró más de lo que hubiese deseado, como compensación encenderé cada noche las velas, siempre que no exista una fuerza mayor que me lo impida. Este será nuestro pacto, cada noche que yo sea capaz de encender las velas antes de que os durmáis, vos dedicaréis al menos cinco segundos a peinaros, para asegurarme de que las visteis. Y hablando de anticiparme al sueño, no puedo evitar preguntarme si es que vos soñáis, yo hace mucho tiempo que no sueño, o al menos no sueño nada feliz, sólo cuando sueño con vuestras cartas despierto alegre, el resto del tiempo antiguas pesadillas me atormentan.

Con ardientes ganas de conoceros y por supuesto con este creciente amor.


Posdata: anticipándome a mis propios actos, deseo pedir perdón por que esta noche volveré a demorarme al encender las velas.

jueves, 14 de marzo de 2013

Carta Cuarta

Veintidós del mes de Bécquer.
Buenos días mi intrigante Otelo:
               
   Me alegra mucho saber de vos y saber que mis letras han influido positivamente en sus días, jamás imaginé que serías sastre, profesión muy delicada, por cierto, manos hábiles y vista de pájaro debéis de tener. La verdad es que por vuestro atrevimiento no habría pensado que fueseis sastre, comerciante quizás, periodista tal vez, pero no sastre.      
    Lamento enormemente lo de su hermana, por vivencias personales conozco lo que es enviudar , no porque me haya ocurrido a mí, pero mi madre pasó por el mismo dolor y aún creo que no logró superarlo del todo… Algunas noches la oigo levantarse y salir al jardín, donde sé que pasa horas llorando. Pero sé que mientras haya en el mundo primavera existirá una posibilidad de felicidad para un corazón afligido.    
   Aunque preferiría conocer vuestro nombre, me conformo con que ambos permanezcamos en el anonimato. Deberás, por lo tanto, llamarme con algún pseudónimo, aunque Lena no me disgusta, algunas personas han llegado a llamarme así; pero ya hace mucho tiempo de ello.  Respecto a mi belleza, os ruego que no os hagáis ilusiones, al fin y al cabo tan solo tenéis una imagen idealizada de mi rostro y no conocéis las proporciones que lo conforman, ni si se ajustan al canon de belleza que hoy día está vigente.          
   Mi enfermedad creo que recibe el nombre común de Tristeza, pero no es una tristeza normal, de esa que te hace llorar y desangrar todo el dolor, no. Esta tristeza que padezco es de las que atenazan el corazón, de las que oprimen sin dejar expulsar nada, concentrando el dolor dentro de uno mismo.   Hace tiempo, largo tiempo, que no salgo a contemplar el sol, ni a dejar bañarme por su luz puesto que mi cuerpo está cansado, cansado de la vida y del dolor y son pocos los esfuerzos que me permite hacer. Amaba dar largos paseos por el jardín, paseos de horas, de tardes dedicadas únicamente a hacer camino y hoy no puedo ni tan siquiera andar durante media hora sin querer sentarme, sin necesitarlo. Esta Tristeza que me atenaza ha consumido casi toda mi vitalidad y esa que me queda créeme que la plasmo entera en estas cartas. Le regalaría encantada esos paseos, siendo de su mano creo que tendría la fuerza suficiente como para continuar un poco más, su compañía me haría mucho bien. Hay días que creo volverme loca y busco desesperada la compañía de cualquiera por la casa porque tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas, nunca sé que recuerdos piensa traerme.
   Deseo intensamente escuchar esa voz grave y profunda, por como la describís me recuerda a la de mi padre, voz cálida y firme.
   No es cierto que encendierais dos velas,  eso o el sueño me alcanzó antes de llegar a contemplarlas. Me gustaría que cada noche volváis a hacerlo, si no os causa demasiada molestia y así asegurarme de que sois vos el que permanece despierto en aquella ventana y sentir así mismo su cercanía.
   Yo también tengo ganas de conoceros, pero considero que es demasiado pronto, aún quiero saber más de usted, mi Otelo querido.
                Con cariño creciente pero aún sin deseo.

Carta Tercera



Diecisiete del mes de Bécquer.

Buenas tardes:
   No imaginas cuan feliz me hizo vuestra carta, de la inmensa felicidad que sentí sonreí durante dos jornadas de trabajo y anduve con la cabeza en las nubes, por suerte ninguno de mis clientes se quejó de los malos remiendos que hice; Para más información he de deciros que soy sastre y tengo un pequeño taller en la parte baja de mi casa, en la que vivo con mi hermana viuda, la pobre, enloqueció al enterarse que su marido murió a manos del enemigo en la guerra contra la ciudad de Sevilla para recuperar algunos escritos antiguos; por desgracia tras nuestra derrota nunca podremos saber cuál será la fecha exacta en que volverán las oscuras golondrinas... Volviendo al tema, ahora yo cuido de mi hermana Kakolukilla.
   Deseo agradeceros el perdón concedido y estoy en deuda con ello, prometo contestar a todas y cada una de las cartas que me enviéis. He decidido no desvelaros mi nombre, no aún, esperaré a que llegue el momento, aunque si desearía saber con qué nombre sería apropiado dirigirme a vos, bella dama de tez blanquecina como el marfil y ojos grises como la niebla. Deseo deciros que si en el curso de vuestra enfermedad éste es vuestro aspecto, debéis ser una de las más bellas mujeres que jamás haya conocido el hombre, seguramente aún más cuando vuestra salud vuelva a ser la misma, me atrevería a afirmar, que ¡mientras exista usted, habrá poesía!
   Si no es molestia, desearía saber más sobre esa enfermedad, y saber, si algún día, podré ser yo quien la acompañe a pisar hojas secas en los jardines del otoño, ojalá pudiese tomar su mano y andar durante horas y que el recuerdo que deje el paseo sea más importante que el paseo mismo...
   Como pedís, hablaré sobre mí... mi voz no es más que un par de rocas que juegan a chocar en el fondo de una cueva, mis manos, ajadas por  el trabajo, tienen cortas las uñas y deshilachados los pellejos, mi altura no es mayor que estos versos, ni menor que el joven manzano de la plaza... Poco puedo contar de mí, pues en todo lo que pienso ahora, sois vos.
   Esta noche, cuando apagues, para peinar tus cabellos, la luz, yo encenderé dos rojas lenguas de fuego en mi ventana, para que sepas cuán cerca y lejos a la vez se hayan nuestros hogares.
   Espero y deseo que vuelvas a entregar una carta al muchacho del mercado. Espero y deseo conoceros.

Con amor creciente y gran deseo.

Carta Segunda

Trece del mes de Bécquer  
Buenas tardes:


    Acepto sus disculpas extraño desconocido, pero no por el hecho de que su acción se parezca en algo a una acción correcta, si no porque jamás ningún hombre se dirigió a mi con tanta franqueza, ni plasmó sentimientos tan libremente en un papel. Por lo tanto, tan sólo puedo deciros que si estas son las condiciones de su afrenta no dejéis de cometerla conmigo. Me gustaría ser más diestra en este bello arte que es escribir y domando el rebelde mezquino idioma, adornar esta carta con palabras que fuesen a un tiempo suspiros y risas, colores y notas.
   Me inquieta en sobremanera el hecho de no saber como dirigirme a vos. No me parece que sea justo que usted conozca tanto de mi y sin embargo yo viva tan ignorante. De momento, su nombre para mi será Otelo, porque como a él, a usted el amor parece nublarle el juicio. Tan solo espero que nunca cometa tal acto de atrocidad con mi persona. El día que decida desverlarme su nombre, dejará de ser este su yugo, siempre que demuestre una mayor cordura que ese pobre desdichado.
   No comprendo el porqué de no hablarme, si, por lo que usted cuenta, somos vecinos y cercanos. Cada segundo que pasa se me hace más intensa la incertidumbre y el ansia por descubriros.
   Mi salud es delicada y es por ello que me resulta imposible salir a dar largos paseos como antaño. Lo echo tanto de menos.  No es nada del otro mundo lo que os perdéis, esta reclusión ha dejado mi tez pálida. Mi pelo del color del azabache ha perdido su intenso brillo de antes, y mis ojos de un azul intenso, han pasado a un gris claro. No es nada lo que os perdéis al no mirarme, al no verme más que en una sombra.
   Así que os ruego, que si mi sincera descripción os atormenta, no volváis a escribirme, ni a dirigiros hacia mi, pues no soportaría que jugaseis con mi mente, ni con mis ilusiones, ni con mis sentimientos. Pero de no ser así, de haberos agradado, aunque fueran tan solo mis palabras, hablarme de vos. Del tono de vuestra voz, de vuestra altura, de vuestro oficio. Dejadme desvelar alguno de sus misterios Otelo. Dejadme formar parte de esta ocultación.
   Esta noche apagaré la luz para peinarme, pues he de castigar su osadía de algún modo, puesto que mi contestación no hace sino incentivársela.
   Espero y no que el muchacho del mercado le haga llegar esta carta. Espero y no su respuesta.
   
Sin amor todavía, pero con mucha expectación

martes, 12 de marzo de 2013

Carta Primera


Nueve del mes de Bécquer.
Buenas tardes:

   De antemano, desearía pediros perdón por mi atrevimiento, pero con el paso de los días cada vez se me hace más difícil vislumbraros sin poder correr hacia a vos, ya que a vos, no querría asustaros.
   Mi nombre no importa, sólo el hecho de que no he podido dejar de observaros a través de la cortina de vuestra habitación; no sois más que una sombra a la que cada noche veo peinarse, tan siquiera sé de qué color serán vuestros cabellos, pero esas manos, sus manos, tan finas y delicadas, sólo pueden ser de un ser excepcional.
   Observo siempre, desde mi ventana su puerta, y como alguien que nunca resulta ser vos, abre la puerta y saluda al panadero ¡Oh, quien fuese pan para poder tocar esas manos! ¡Quién pudiera como el pan rozar vuestros labios! Ojalá pudiera veros y hablaros... Antaño alguna vez os encontré por la ventana justo frente a mí: sonriendo y yo dije ¿cómo puede reír así?- Acaso ella se ríe, como me río yo
   A veces, me despierto en mitad de la noche, como si un rayo me quebrase y me descubro pensando en vos; ojalá supiese de qué color son vuestros ojos para poder pintar mis sueños a su antojo, ¡Oh, como desearía besar su piel, y descubrir su sabor, para buscar un ingrediente con el que aderezar todas mis comidas!... No soy más que un pobre hombre que quizás se halla fijado por accidente en la mujer equivocada, aunque ni siquiera la haya visto aún...
   Tengo miles de cosas que deciros y miles de cosas que desearía saber, desearía, si no os han abrumado mis palabras, saber de vos y si fuese posible conoceros, saber todo lo que la cortina no me deja ver...
   Si queréis hacerme llegar una carta, sólo tendréis que llevarla el martes al puesto de libros del mercado y entregársela al muchacho que encuaderna libros, él me la hará llegar.

Con  inexplicable amor.