Nueve del
mes de Neruda
Mi querido y dulce Otelo
He de confesaros que la noticia de vuestro hijo me descolocó en
sobre manera y estuve a nada de no acudir al encuentro. No es fácil
decir estas palabras en persona y me alegro de no haber renunciado a
conoceros.
La tarde del sábado fue la más maravillosa en meses, diría que en
años.... Sus manos son tal y como las imaginaba, firmes y delicadas,
dulces y fuertes al mismo tiempo, igual que su voz. Pero no esperaba
así sus ojos. Comprendo ahora muchos de sus misterios Otelo, después
de perderme en su mirada siento que lo entiendo todo. Creo que mi
enfado se evaporó al instante cuando estas realidades me golpearon
en el pecho. Y siento, como os dije ayer, que estoy cayendo en la más
maravillosa locura.
Siento que todo esto, todas estas palabras se me escurren entre los
dedos queriendo salir y no, escapándose de mi. Palabras que antes
que tú poblaron la soledad que ocupas, palabras que están
acostumbradas más que tú a mi tristeza. Lamento
todos mis silencios de ayer, la verdad es que por aquí me resulta
mucho más fácil hablar de mi, de nosotros. Pero debes de saber que
el hecho de que te hablase de mi pasado es la mayor prueba que puedo
daros de mi afecto. Desenterrar las historias que os conté no fue
nada fácil y, sin embargo, lo hice por vos, por que no quiero que
termine esta correspondencia.
No me atreví a preguntaros cuando fue ese cruel rechazo, si antes o
después de que tuvieseis a vuestro hijo. No me hablasteis de
vuestros amores, pero puedo deducir que habéis vivido dos, dos
intensos amores que terminaron en diferentes tragedias. Yo, como os
confesé, tan sólo puedo adjudicarme uno y me gustaría poder
comenzar a contar en plural, Otelo.
Quiero pediros disculpas por la brevedad del paseo, pese a que mi
salud mejora con cada carta, siempre existen recaídas y el sábado,
como os dije, me costó asistir.
Quisiera también confesaros una cosa, pero temo que aún no sea el
tiempo y que esta confesión os arrancase tinta y papel de vuestras
manos para jamás volver a saber de vos. Sé que debo confesaros el
origen de mi tristeza, de mi debilidad, pero antes quiero estar
segura de vos, segura de que sus cartas nunca cesarán, segura de que
mis miedos no se repetirán jamás.
También te debo la historia final de mi familia y de la soledad de
mi hogar, del por qué de la ausencia de una figura masculina en él.
Pero aún no es el tiempo y sólo llegará después de que me contéis
las historias de Zelda. Me debéis demasiadas historias como para que
yo comience a contaros las mías.
Así que os regalo toda esta incertidumbre con la promesa de que
quizás en nuestro próximo encuentro os lo desvele.
Con más que creciente amor.
Zelda.
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