martes, 21 de mayo de 2013

Carta decimotercera


Nueve del mes de Neruda

Mi querido y dulce Otelo

He de confesaros que la noticia de vuestro hijo me descolocó en sobre manera y estuve a nada de no acudir al encuentro. No es fácil decir estas palabras en persona y me alegro de no haber renunciado a conoceros.

La tarde del sábado fue la más maravillosa en meses, diría que en años.... Sus manos son tal y como las imaginaba, firmes y delicadas, dulces y fuertes al mismo tiempo, igual que su voz. Pero no esperaba así sus ojos. Comprendo ahora muchos de sus misterios Otelo, después de perderme en su mirada siento que lo entiendo todo. Creo que mi enfado se evaporó al instante cuando estas realidades me golpearon en el pecho. Y siento, como os dije ayer, que estoy cayendo en la más maravillosa locura.

Siento que todo esto, todas estas palabras se me escurren entre los dedos queriendo salir y no, escapándose de mi. Palabras que antes que tú poblaron la soledad que ocupas, palabras que están acostumbradas más que tú a mi tristeza. Lamento todos mis silencios de ayer, la verdad es que por aquí me resulta mucho más fácil hablar de mi, de nosotros. Pero debes de saber que el hecho de que te hablase de mi pasado es la mayor prueba que puedo daros de mi afecto. Desenterrar las historias que os conté no fue nada fácil y, sin embargo, lo hice por vos, por que no quiero que termine esta correspondencia.

No me atreví a preguntaros cuando fue ese cruel rechazo, si antes o después de que tuvieseis a vuestro hijo. No me hablasteis de vuestros amores, pero puedo deducir que habéis vivido dos, dos intensos amores que terminaron en diferentes tragedias. Yo, como os confesé, tan sólo puedo adjudicarme uno y me gustaría poder comenzar a contar en plural, Otelo.

Quiero pediros disculpas por la brevedad del paseo, pese a que mi salud mejora con cada carta, siempre existen recaídas y el sábado, como os dije, me costó asistir.

Quisiera también confesaros una cosa, pero temo que aún no sea el tiempo y que esta confesión os arrancase tinta y papel de vuestras manos para jamás volver a saber de vos. Sé que debo confesaros el origen de mi tristeza, de mi debilidad, pero antes quiero estar segura de vos, segura de que sus cartas nunca cesarán, segura de que mis miedos no se repetirán jamás.

También te debo la historia final de mi familia y de la soledad de mi hogar, del por qué de la ausencia de una figura masculina en él. Pero aún no es el tiempo y sólo llegará después de que me contéis las historias de Zelda. Me debéis demasiadas historias como para que yo comience a contaros las mías.

Así que os regalo toda esta incertidumbre con la promesa de que quizás en nuestro próximo encuentro os lo desvele.

Con más que creciente amor.

Zelda.

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