jueves, 2 de mayo de 2013

Carta undécima




Veintisiete del mes de Benedetti.
Querido Otelo:

Lamento enormemente no haber acudido a la cita del sábado pasado y siento mucho no tener excusa para ello. Fue más fuerte en mi el miedo ante esta “sinrazón” que las ansias de verte y de verdad que no son pocas las ganas que tengo por saber quién se esconde detrás de esas letras.
Esta semana de atrás recibí una visita del pasado, una visita que desordenó completamente mi mundo y hoy a penas estoy recomponiéndome. Se trata de alguien que creí haber desterrado de mi presente, aunque parece que no lo despedí como debiera. Pero puedes estar tranquilo Otelo porque esta vez estoy clara en que voy a despedirle, no sé por qué no lo hice antes y esta vez quedará desterrado no sólo de mi presente y de mi futuro, si no también de mi pasado. ¿No te ha ocurrido nunca que te descubres un día desnudo ante tu propio vacío y piensas que sólo aquellos fantasmas, por aterradores que hayan sido, pueden sacarte adelante? Era en eso en lo que andaba mi cerebro, debatiéndose a puñetazo limpio con mi corazón entre acudir y no a tu cita, entre dar un paso hacia delante o hundirme aún más hondo en el pozo sin fondo que era aquel vacío, aquel recuerdo.
Pero, finalmente, decidí seguir, te decidí a ti, a nuestros futuros paseos, decidí nunca más mirar hacia atrás salvo que seas tu quien me pregunte. Porque para ti no quiero secretos, ni mentiras, ni más miedos. Contigo quiero más bien fundar un sueño. Aunque primeramente quiero que aceptes mis disculpas.
Si aún anhelas verme, quedemos en el mismo sitio, a la misma hora y el mismo día de la semana, aunque sea algo tarde tarde. Aún nos queda nuestro segundo intento. Y espero que en el puedas por fin contarme todas las historias que me debes, mi dulce y siempre fiel Otelo.

Con arrepentido sentimiento.
Zelda.

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