Veintisiete del mes de Benedetti.
Querido Otelo:
Lamento
enormemente no haber acudido a la cita del sábado pasado y siento
mucho no tener excusa para ello. Fue más fuerte en mi el miedo ante
esta “sinrazón” que las ansias de verte y de verdad que no son
pocas las ganas que tengo por saber quién se esconde detrás de esas
letras.
Esta semana de
atrás recibí una visita del pasado, una visita que desordenó
completamente mi mundo y hoy a penas estoy recomponiéndome. Se trata
de alguien que creí haber desterrado de mi presente, aunque parece
que no lo despedí como debiera. Pero puedes estar tranquilo Otelo
porque esta vez estoy clara en que voy a despedirle, no sé por qué
no lo hice antes y esta vez quedará desterrado no sólo de mi
presente y de mi futuro, si no también de mi pasado. ¿No te ha
ocurrido nunca que te descubres un día desnudo ante tu propio vacío
y piensas que sólo aquellos fantasmas, por aterradores que hayan
sido, pueden sacarte adelante? Era en eso en lo que andaba mi
cerebro, debatiéndose a puñetazo limpio con mi corazón entre
acudir y no a tu cita, entre dar un paso hacia delante o hundirme aún
más hondo en el pozo sin fondo que era aquel vacío, aquel recuerdo.
Pero, finalmente,
decidí seguir, te decidí a ti, a nuestros futuros paseos, decidí
nunca más mirar hacia atrás salvo que seas tu quien me pregunte.
Porque para ti no quiero secretos, ni mentiras, ni más miedos.
Contigo quiero más bien fundar un sueño. Aunque primeramente quiero
que aceptes mis disculpas.
Si aún anhelas
verme, quedemos en el mismo sitio, a la misma hora y el mismo día de
la semana, aunque sea algo tarde tarde. Aún nos queda nuestro
segundo intento. Y espero que en el puedas por fin contarme todas las
historias que me debes, mi dulce y siempre fiel Otelo.
Con arrepentido
sentimiento.
Zelda.
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