domingo, 12 de mayo de 2013

Carta duodécima


Treinta del mes de Benedetti.
Estimada Zelda:
                 
Me alegra que os sinceréis conmigo de esta forma, y me gustaría saber más sobre el pasado del que me habláis y he de decir que humanamente entiendo que sintierais miedo, lo que no entiendo es que no me avisaseis o me pidieseis más tiempo para que se produjese nuestro encuentro.
Lamento comunicaros que me resultará imposible acudir a la cita este sábado, ya que tendré que salir de la ciudad desde mañana mismo hasta el martes cuatro, el de la semana que viene; Para que entendáis mi ausencia, debo explicaros algo, más bien, debo confesaros algo… tengo un hijo de seis años.
La historia se remonta a hace ya casi ocho años… conocí a una joven en un pueblecito de las afueras de la ciudad y tras varios meses de romance nos casamos. Un año después nació nuestro pequeño retoño; Y confieso que estos fueron los tiempos más felices de mi vida. Pero por desgracia, la felicidad no duro mucho tiempo, pues mi mujer enfermó gravemente por causas que los médicos no pudieron determinar y murió a las pocas semanas. En su última voluntad me pidió que nuestro pequeño hijo se criase en la granja donde ella había crecido, en la que residían y aún residen sus padres. Para mi resultaba muy duro vivir allí, ya que todo me recordaba a ella, así que decidí huir del lugar pero por el respeto que la profesaba no pude traer conmigo a mi hijo, y lo deje al cuidado de sus abuelos. Intento ir a menudo a visitarle, y esta vez lo hago porque mis suegros se van de vacaciones y debo encargarme del niño y asegurarme que vaya al colegio.
Así pues, lamento no poder asistir a nuestra cita el próximo sábado, pero tengo compromisos ineludibles como podéis observar, os propongo entonces, quedar el próximo sábado ocho bajo las mismas condiciones sobre el lugar y la hora. Esperaré impaciente a mi regreso encontrar una carta en la que confirméis vuestra asistencia para dicho día.
Con gran cariño y deseo de veros.

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