jueves, 25 de abril de 2013

Carta novena



Diecisiete del mes de Benedetti

Buenas tardes anhelada Zelda:
   
Me agrada y me conmueve la idea de mantener Zelda y Otelo como nuestros nobres, además me llega al corazón que estas cartas os hayan llegado tan hondo que deseéis que queden siempre enlazadas y como nuestros nuevos nombres, que nadie las corrompa.
Poco entiendo de sueños o de su interpretación así que su significado es un enigma que por ahora no puedo resolver; os debéis conformar por el momento con que os confiese que una vez fui rechazado cruelmente por una mujer, pero no le había pedido matrimonio. El miedo de morir ahogado, supongo, que es el mismo que tengo a morir de cualquier otra forma, así que no creo que sea eso lo que atormenta mi subconsciente.

Me entristece saber que tienes problemas para conciliar el sueño, supongo que tu almohada tiene un pozo donde ajustas la nunca y en las noches amargas hundes ojos y lágrimas, lo único que puedo hacer, es desearos que tengáis una buena noche y que sintáis con esta carta mi presencia, para afrontar el insomnio y las pesadillas.

Llevo cierto tiempo pensando, desde que vos sabéis, gracias a mis velas, donde vivo, y yo sé donde vivís y quien sois, o al menos quien creo que sois, que es absurda la espera para conocernos en persona pues, antes o después, vuestros ojos, que se esconden tras los cristales y las cortinas, acabarán por toparse con los míos; así que no puedo hacer otra cosa que citaros este mismo sábado en la fuente de la plaza Zelmar. Allí os esperaré desde el momento en que suenen las campanas, y así podremos descubrir qué clase de personajes somos, si el terror y el embriago que sentís tienen razón de ser. 

Con nerviosismo y con ganas de conoceros.

jueves, 11 de abril de 2013

Carta octava


Catorce del mes de Benedetti
Buenas tardes mi dulce Otelo.
A mi me ocurre algo similar con estas cartas. El momento del día en el que las recibo es, con diferencia, el mejor. Y más cuando leo en ellas que las anhelas tanto como yo.
No puedo por menos que reprenderos, Otelo, siempre me acabaís debiendo historias, y me las tendréis que pagar todas. Esperaré esos cuentos a cerca de Zelda. A veces pienso en que sería bonito que nuestros nombres fuesen siempre estos, Zelda y Otelo, nuestra historia única, lejos de todo lo que pudiera llegar a corromperla, a deshacerla.
Aquello de la soledad es una gran dolencia, dolencia que ambos padecemos y creo que podríamos compartir nuestras historias, quizás no por aquí, quizás no ahora, pero en algún momento quisiera que me relatases el duelo que te callas. Después de todo tu estás solo y yo estoy sola, y a veces puede la soledad ser una llama.
No conozco nada a cerca del significado de los sueños, pero los cuervos no presagian nada bueno, jamás un cuervo fue portador de buenas noticias. Me llama la atención en tu sueño el anillo do mujer rodando por el suelo... ¿Acaso alguna mujer rechazó su proposición de matrimonio? ¿Tenéis miedo del agua o de la posibilidad de morir ahogado? Son muchos los interrogantes que me plantea este sueño y espero que podáis respondermelas todas, no me gusta tanta incertidumbre y me debéis ya demasiadas respuestas.
Conseguí dormir sí, pero a ratos tan sólo, sin sueños ni pesadillas, sólo el silencio de esta oscura habitación. Ojalá hubiese sentido el calor de las velas que enciendes, aquí, en mi propia habitación, un calor que pasaría a ser mío y ya nunca más sería únicamente tuyo, si no nuestro.
Tengo ganas de conoceros Otelo, pero no sé si únicamente somos dos personajes perdidos de un cuento que buscan encontrar su semejante, dos personajes con demasiada vida sobre sus hombros como para conformarse con la cordura. Cada carta que recibo me aterra y embriaga al mismo tiempo.
Hoy pensaré en ti antes de irme a dormir, en tí Otelo, en tí al que siento tan cerca y casi a un océano de distancia al mismo tiempo. Y cruzaré los dedos porque esta noche no sea mi almohada la que elija mis sueños.
Con toda la ternura que hoy día puedo dedicaros.

domingo, 7 de abril de 2013

Carta séptima


Diez del mes de Benedetti.
Buenas tardes estimada Zelda:
                Ante todo, deseo pediros perdón por mi retraso en la anterior carta, pero tuve ciertas complicaciones que me impidieron contestar antes, aunque la verdad es, que preferiría no hablar sobre el tema; Pero os ruego que jamás volváis a pensar que me he cansado de escribiros, porque ahora, todo lo que anhelo, todo lo que ansío, es escribiros; aprender como sos, quererte como sos;  Ante todos mis sueños deseo saber  quién eres tú detrás de esa cortina,  os repito, jamás penséis que me he cansado de vos.
                Por motivos delicados no dispongo de tiempo para detenerme a narrar las historias de la princesa Zelda, pero algún día lo haré, y os aseguro que quedaréis ensimismada de sus proezas y de su belleza. Por el momento espero que con cada carta améis más y más dicho nombre, aunque no sé si luego seré capaz de llamaros por vuestro nombre real, si es que alguna vez lo conozco.
                He de reconocer, que a veces, el camino más rápido e indoloro para alejarse de la pena es separarse de las personas que nos dañan, las personas a las que dañamos; Os aseguro que cierto es cuando dicen que solo quien bien te quiere podrá dañarte, pues a mí, a lo largo de mis años, solo pudo dañarme a quien bien quise y quien bien me quiso… Recuerdo, en mis momentos de flaqueza, a un viejo amigo que siempre decía ya sos mayor de edad y tengo que despedirte pesimismo, y me obligaba a regalarle una sonrisa; Os ruego intentéis hacer lo mismo por mí, hacerlo por vos, por vuestra madre.
                Desearía, respondiendo a vuestra petición, narraros una de mis últimas pesadillas, que lleva repitiéndose durante semanas… Despierto, sólo, en un lugar que me recuerda a la plaza del ayuntamiento, pero con los edificios mucho más elevados, tanto que parecen desafiar al cielo y a los dioses. Está todo desierto y grito en busca de alguien, no hay respuesta, no hay voz que responda a la mía salvo mis propios ecos, que se van entremezclando hasta convertirse en  una especie de carcajada sardónica; En ese momento un par de cuervos empiezan a revolotear por el cielo y con su horrible graznido parecen canturrear mi nombre. A mi cabeza viene el recuerdo de que los cuervos no beben en agosto. Estoy ahora sediento y corro en busca de agua, tras lo que parecen horas corriendo, encuentro una pequeña fuente en un callejón de suelo arenoso. Cada vez que me acerco a beber oigo el correr de una cortina pero al mirar en su dirección no veo más que la suave ondulación de una tras una ventana amarilla, al alejarme de la fuente, la cortina vuelve a abrirse pero no encuentro a nadie a través del cristal. Vuelvo a beber y se cierra, me alejo y se abre, pero no encuentro a nadie. De repente, la fuente se convierte en una horca cuya cuerda parece buscar mi cuello, cuando me tiene, me agarra con fuerza y me eleva por los aires, entonces, con los pies sin llegar a rozar el suelo, la cortina vuelve a abrirse, y sin una mano ejecutora, la ventana se abre de par en par y de la estancia sale de nuevo el sonido de la risa sardónica de mis ecos y el graznar de los cuervos. A mis pies veo un anillo de mujer rodando, justo en este momento despierto.
                Esta pesadilla me atormenta y me roba el sueño de un tiempo a esta parte… ójala pudiese tomar clases de amnesia como si las pesadillas nunca hubieran existido… Me pregunto ahora si vos conseguisteis conciliar el sueño, y si lo hicisteis pensando en mí. Las últimas noches han sido para mí una liberación, no dormí, pero después veros  peinándoos tuve algo agradable en lo que pensar, aunque el sueño no acudiese a mi cuerpo.
Me despido, con una alegría inmensa al pensaros y con impaciencia por saber de vos, como las últimas noches, encenderé las velas, en espera de veros de nuevo.

Con amor y deseo de veros.