domingo, 7 de abril de 2013

Carta séptima


Diez del mes de Benedetti.
Buenas tardes estimada Zelda:
                Ante todo, deseo pediros perdón por mi retraso en la anterior carta, pero tuve ciertas complicaciones que me impidieron contestar antes, aunque la verdad es, que preferiría no hablar sobre el tema; Pero os ruego que jamás volváis a pensar que me he cansado de escribiros, porque ahora, todo lo que anhelo, todo lo que ansío, es escribiros; aprender como sos, quererte como sos;  Ante todos mis sueños deseo saber  quién eres tú detrás de esa cortina,  os repito, jamás penséis que me he cansado de vos.
                Por motivos delicados no dispongo de tiempo para detenerme a narrar las historias de la princesa Zelda, pero algún día lo haré, y os aseguro que quedaréis ensimismada de sus proezas y de su belleza. Por el momento espero que con cada carta améis más y más dicho nombre, aunque no sé si luego seré capaz de llamaros por vuestro nombre real, si es que alguna vez lo conozco.
                He de reconocer, que a veces, el camino más rápido e indoloro para alejarse de la pena es separarse de las personas que nos dañan, las personas a las que dañamos; Os aseguro que cierto es cuando dicen que solo quien bien te quiere podrá dañarte, pues a mí, a lo largo de mis años, solo pudo dañarme a quien bien quise y quien bien me quiso… Recuerdo, en mis momentos de flaqueza, a un viejo amigo que siempre decía ya sos mayor de edad y tengo que despedirte pesimismo, y me obligaba a regalarle una sonrisa; Os ruego intentéis hacer lo mismo por mí, hacerlo por vos, por vuestra madre.
                Desearía, respondiendo a vuestra petición, narraros una de mis últimas pesadillas, que lleva repitiéndose durante semanas… Despierto, sólo, en un lugar que me recuerda a la plaza del ayuntamiento, pero con los edificios mucho más elevados, tanto que parecen desafiar al cielo y a los dioses. Está todo desierto y grito en busca de alguien, no hay respuesta, no hay voz que responda a la mía salvo mis propios ecos, que se van entremezclando hasta convertirse en  una especie de carcajada sardónica; En ese momento un par de cuervos empiezan a revolotear por el cielo y con su horrible graznido parecen canturrear mi nombre. A mi cabeza viene el recuerdo de que los cuervos no beben en agosto. Estoy ahora sediento y corro en busca de agua, tras lo que parecen horas corriendo, encuentro una pequeña fuente en un callejón de suelo arenoso. Cada vez que me acerco a beber oigo el correr de una cortina pero al mirar en su dirección no veo más que la suave ondulación de una tras una ventana amarilla, al alejarme de la fuente, la cortina vuelve a abrirse pero no encuentro a nadie a través del cristal. Vuelvo a beber y se cierra, me alejo y se abre, pero no encuentro a nadie. De repente, la fuente se convierte en una horca cuya cuerda parece buscar mi cuello, cuando me tiene, me agarra con fuerza y me eleva por los aires, entonces, con los pies sin llegar a rozar el suelo, la cortina vuelve a abrirse, y sin una mano ejecutora, la ventana se abre de par en par y de la estancia sale de nuevo el sonido de la risa sardónica de mis ecos y el graznar de los cuervos. A mis pies veo un anillo de mujer rodando, justo en este momento despierto.
                Esta pesadilla me atormenta y me roba el sueño de un tiempo a esta parte… ójala pudiese tomar clases de amnesia como si las pesadillas nunca hubieran existido… Me pregunto ahora si vos conseguisteis conciliar el sueño, y si lo hicisteis pensando en mí. Las últimas noches han sido para mí una liberación, no dormí, pero después veros  peinándoos tuve algo agradable en lo que pensar, aunque el sueño no acudiese a mi cuerpo.
Me despido, con una alegría inmensa al pensaros y con impaciencia por saber de vos, como las últimas noches, encenderé las velas, en espera de veros de nuevo.

Con amor y deseo de veros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario