Diez del mes de
Benedetti.
Buenas tardes estimada Zelda:
Ante
todo, deseo pediros perdón por mi retraso en la anterior carta, pero tuve
ciertas complicaciones que me impidieron contestar antes, aunque la verdad es,
que preferiría no hablar sobre el tema; Pero os ruego que jamás volváis a
pensar que me he cansado de escribiros, porque ahora, todo lo que anhelo, todo
lo que ansío, es escribiros; aprender
como sos, quererte como sos; Ante
todos mis sueños deseo saber quién eres tú detrás de esa cortina, os repito, jamás penséis que me he cansado de
vos.
Por
motivos delicados no dispongo de tiempo para detenerme a narrar las historias
de la princesa Zelda, pero algún día lo haré, y os aseguro que quedaréis
ensimismada de sus proezas y de su belleza. Por el momento espero que con cada
carta améis más y más dicho nombre, aunque no sé si luego seré capaz de
llamaros por vuestro nombre real, si es que alguna vez lo conozco.
He de
reconocer, que a veces, el camino más rápido e indoloro para alejarse de la
pena es separarse de las personas que nos dañan, las personas a las que dañamos;
Os aseguro que cierto es cuando dicen que solo quien bien te quiere podrá
dañarte, pues a mí, a lo largo de mis años, solo pudo dañarme a quien bien
quise y quien bien me quiso… Recuerdo, en mis momentos de flaqueza, a un viejo
amigo que siempre decía ya sos mayor de
edad y tengo que despedirte pesimismo, y me obligaba a regalarle una
sonrisa; Os ruego intentéis hacer lo mismo por mí, hacerlo por vos, por vuestra
madre.
Desearía,
respondiendo a vuestra petición, narraros una de mis últimas pesadillas, que
lleva repitiéndose durante semanas… Despierto, sólo, en un lugar que me
recuerda a la plaza del ayuntamiento, pero con los edificios mucho más
elevados, tanto que parecen desafiar al cielo y a los dioses. Está todo
desierto y grito en busca de alguien, no hay respuesta, no hay voz que responda
a la mía salvo mis propios ecos, que se van entremezclando hasta convertirse
en una especie de carcajada sardónica;
En ese momento un par de cuervos empiezan a revolotear por el cielo y con su
horrible graznido parecen canturrear mi nombre. A mi cabeza viene el recuerdo
de que los cuervos no beben en agosto. Estoy ahora sediento y corro en busca de
agua, tras lo que parecen horas corriendo, encuentro una pequeña fuente en un
callejón de suelo arenoso. Cada vez que me acerco a beber oigo el correr de una
cortina pero al mirar en su dirección no veo más que la suave ondulación de una
tras una ventana amarilla, al alejarme de la fuente, la cortina vuelve a
abrirse pero no encuentro a nadie a través del cristal. Vuelvo a beber y se
cierra, me alejo y se abre, pero no encuentro a nadie. De repente, la fuente se
convierte en una horca cuya cuerda parece buscar mi cuello, cuando me tiene, me
agarra con fuerza y me eleva por los aires, entonces, con los pies sin llegar a
rozar el suelo, la cortina vuelve a abrirse, y sin una mano ejecutora, la
ventana se abre de par en par y de la estancia sale de nuevo el sonido de la
risa sardónica de mis ecos y el graznar de los cuervos. A mis pies veo un
anillo de mujer rodando, justo en este momento despierto.
Esta
pesadilla me atormenta y me roba el sueño de un tiempo a esta parte… ójala
pudiese tomar clases de amnesia como si las
pesadillas nunca hubieran existido…
Me pregunto ahora si vos conseguisteis conciliar el sueño, y si lo hicisteis
pensando en mí. Las últimas noches han sido para mí una liberación, no dormí,
pero después veros peinándoos tuve algo
agradable en lo que pensar, aunque el sueño no acudiese a mi cuerpo.
Me despido, con una alegría inmensa al pensaros y con impaciencia
por saber de vos, como las últimas noches, encenderé las velas, en espera de
veros de nuevo.
Con amor y deseo de
veros.
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