Nueve del mes de
Bécquer.
Buenas tardes:
De antemano, desearía pediros perdón por mi atrevimiento,
pero con el paso de los días cada vez se me hace más difícil vislumbraros sin
poder correr hacia a vos, ya que a vos, no querría asustaros.
Mi nombre no importa, sólo el hecho de que no he podido
dejar de observaros a través de la cortina de vuestra habitación; no sois más
que una sombra a la que cada noche veo peinarse, tan siquiera sé de qué color
serán vuestros cabellos, pero esas manos, sus manos, tan finas y delicadas,
sólo pueden ser de un ser excepcional.
Observo siempre, desde mi ventana su puerta, y como alguien
que nunca resulta ser vos, abre la puerta y saluda al panadero ¡Oh, quien fuese
pan para poder tocar esas manos! ¡Quién pudiera como el pan rozar vuestros
labios! Ojalá pudiera veros y hablaros... Antaño alguna vez os encontré por la
ventana justo frente a mí: sonriendo y yo dije ¿cómo puede reír así?- Acaso ella
se ríe, como me río yo
A veces, me despierto en mitad de la noche, como si un rayo
me quebrase y me descubro pensando en vos; ojalá supiese de qué color son
vuestros ojos para poder pintar mis sueños a su antojo, ¡Oh, como desearía
besar su piel, y descubrir su sabor, para buscar un ingrediente con el que
aderezar todas mis comidas!... No soy más que un pobre hombre que quizás se
halla fijado por accidente en la mujer equivocada, aunque ni siquiera la haya
visto aún...
Tengo miles de cosas que deciros y miles de cosas que
desearía saber, desearía, si no os han abrumado mis palabras, saber de vos y si
fuese posible conoceros, saber todo lo que la cortina no me deja ver...
Si queréis hacerme llegar una carta, sólo tendréis que
llevarla el martes al puesto de libros del mercado y entregársela al muchacho
que encuaderna libros, él me la hará llegar.
Con inexplicable amor.
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