jueves, 14 de marzo de 2013

Carta Tercera



Diecisiete del mes de Bécquer.

Buenas tardes:
   No imaginas cuan feliz me hizo vuestra carta, de la inmensa felicidad que sentí sonreí durante dos jornadas de trabajo y anduve con la cabeza en las nubes, por suerte ninguno de mis clientes se quejó de los malos remiendos que hice; Para más información he de deciros que soy sastre y tengo un pequeño taller en la parte baja de mi casa, en la que vivo con mi hermana viuda, la pobre, enloqueció al enterarse que su marido murió a manos del enemigo en la guerra contra la ciudad de Sevilla para recuperar algunos escritos antiguos; por desgracia tras nuestra derrota nunca podremos saber cuál será la fecha exacta en que volverán las oscuras golondrinas... Volviendo al tema, ahora yo cuido de mi hermana Kakolukilla.
   Deseo agradeceros el perdón concedido y estoy en deuda con ello, prometo contestar a todas y cada una de las cartas que me enviéis. He decidido no desvelaros mi nombre, no aún, esperaré a que llegue el momento, aunque si desearía saber con qué nombre sería apropiado dirigirme a vos, bella dama de tez blanquecina como el marfil y ojos grises como la niebla. Deseo deciros que si en el curso de vuestra enfermedad éste es vuestro aspecto, debéis ser una de las más bellas mujeres que jamás haya conocido el hombre, seguramente aún más cuando vuestra salud vuelva a ser la misma, me atrevería a afirmar, que ¡mientras exista usted, habrá poesía!
   Si no es molestia, desearía saber más sobre esa enfermedad, y saber, si algún día, podré ser yo quien la acompañe a pisar hojas secas en los jardines del otoño, ojalá pudiese tomar su mano y andar durante horas y que el recuerdo que deje el paseo sea más importante que el paseo mismo...
   Como pedís, hablaré sobre mí... mi voz no es más que un par de rocas que juegan a chocar en el fondo de una cueva, mis manos, ajadas por  el trabajo, tienen cortas las uñas y deshilachados los pellejos, mi altura no es mayor que estos versos, ni menor que el joven manzano de la plaza... Poco puedo contar de mí, pues en todo lo que pienso ahora, sois vos.
   Esta noche, cuando apagues, para peinar tus cabellos, la luz, yo encenderé dos rojas lenguas de fuego en mi ventana, para que sepas cuán cerca y lejos a la vez se hayan nuestros hogares.
   Espero y deseo que vuelvas a entregar una carta al muchacho del mercado. Espero y deseo conoceros.

Con amor creciente y gran deseo.

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