lunes, 24 de junio de 2013

Carta decimoquinta

Diecinueve del mes de Neruda.
Querido y anhelado Otelo:
     Ciertamente maravilloso y único son palabras que definen a la perfección nuestro pasado encuentro. Me gustaría, antes que nada, fijar una fecha para nuestro próximo paseo. ¿Qué os parecería encontrarnos en el mismo lugar dentro de un par de días. ¿El veintidós del mes? Serán tres días de eterna espera por las historias de Zelda y por vos.
     Pero antes de ello quiero contaros unas pequeñas gotas a cerca de mi pasado, no sé si una vez que nos veamos sea capaz de contároslas porque me apetecerá escucharos a vos y por que querré disfrutar de la felicidad que me transporta cuando nos vemos y no empañarla con tristes y oscuros recuerdos. el caso es que, en resumidas cuentas, mi padre murió hace ya cinco años, como os comenté en una de nuestras primeras cartas. Pero pese a ser un golpe muy duro tanto para mi madre como para mi, lo peor vino después. Tiempo después mi madre se volvió a casar, fue un asunto no de amor, si no que fue una consecuencia de la soledad. Hay veces que los seres humanos hacemos esas cosas, todos odiamos estar a solas a ratos y esos ratos son los que nos llevan a cometer estupideces. El caso fue que ese hombre provocó en mi familia el mayor caos que un hombre puede provocar. 
     No era un buen hombre, ni siquiera tenía unas manos bonitas, ni una sonrisa bonita. Tenía unos ojos de demonio, pero mi madre se sentía demasiado sola como para que le importase, se sentía demasiado sola como para rechazarle. Y no la culpo por ello.
     Ese hombre provocó en mi familia uno de esos escándalos que quedan sólo de puertas a dentro, uno de esos en los que el hombre deja embarazada a la mujer equivocada y de los que nada puede saberse al otro lado de las cortinas. Como dije, él era un hombre malo que creó un bebé que no nacería del amor, precisamente.
     El caso es que rompió algo dentro de mi familia y mi madre no pudo soportarlo de manera que este hombre desapareció de nuestras vidas para no volver y ella tuvo que aceptar de nuevo la soledad como su mejor compañera.
     Os cuento esto porque quiero alzarme en las últimas cadenas que me aten, quiero dejar de guardar silencio, quiero dejar de callar con vos. Y quiero que conozcas que lo que encierran las cortinas de mi casa no es sólo tristeza, si no el nacimiento de un odio inmenso. 
     Todo lo que este hombre provocó no te lo voy a contar aquí, no ahora, pero esa visita de hace un par de semanas está relacionada con ello. Esa visita que nunca debió de ser una mala visita puesto que él fue el hombre más cobarde del mundo, pero al que más he amado en toda mi eterna existencia.

    No estoy del todo segura de haber hecho bien con estas confesiones, pero sentía que debía de contártelas, cada cosa que me guardo, cada historia que no te dejo conocer pesa sobre mi como una terrible mentira.
     Espero que, aunque no me veáis del mismo modo, sigáis queriendo verme.
Con el mismo creciente amor que siempre.
Zelda.

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